Hace unos días presenté una propuesta de trabajo en la que, entre otros textos, utilicé la palabra rediseño para referirme al encargo. Consideraba que el objetivo era, precisamente, rediseñar un producto ya existente.

Mi sorpresa fue que las personas que recibieron el documento me preguntaron por el término y aclararon su posición con bastante rotundidad: “No queremos un rediseño. Queremos hacerlo nuevo. Preferimos que lo construyas desde cero porque confiamos en tu criterio”.

Desconozco cuál había sido su experiencia previa con el producto o con el equipo que había trabajado en él, pero en sus palabras se intuía cierto rechazo a cualquier cosa que se pareciera a lo ya publicado. Más allá de ese matiz, el comentario me hizo reflexionar, una vez más, sobre lo delicada que puede ser la comunicación con los clientes. Una sola palabra puede hacer que el enfoque de un proyecto cambie por completo o incluso que se malinterprete el alcance del trabajo. Y entonces surge la pregunta inevitable: ¿diseño o rediseño?

Diseño o rediseño

Si atendemos a una interpretación superficial, diseñar podría entenderse como la ideación y creación de algo completamente nuevo, sin existencia previa, acompañado de un proceso creativo propio de planificación e innovación. Esta definición, sin embargo, resulta incompleta, ya que deja fuera dimensiones esenciales como la tecnológica, la funcional, la estética, la emocional o la estratégica.

Bajo este enfoque, el diseño termina viéndose como una contribución individual, casi heroica, en la que un diseñador inspirado “esculpe” una solución original, independiente y ajena a cualquier influencia previa.

Rediseñar, por contraste, queda relegado a una posición secundaria. Se interpreta como una mera actualización de algo existente, un ejercicio de maquillaje que mejora lo justo, resulta agradable a la vista y, con suerte, optimiza ciertos aspectos funcionales o económicos. Afortunadamente, no era eso lo que se esperaba de mí.

Cuando diseñar no significa empezar de cero

Siguiendo ese razonamiento, la alternativa parecía clara: sentarme frente a un bloc de notas, eliminar cualquier distracción y empezar desde cero, como si nada hubiera existido antes. Un planteamiento que, además de poco realista, resultaba bastante discutible.

Antes de asumir esa postura, decidí revisar con más calma el significado de ambos conceptos. Fue entonces cuando descubrí que, por suerte, ni diseñar ni rediseñar implican necesariamente partir de la nada.

Jan Michl, profesor emérito de Teoría e Historia del Diseño en la Oslo School of Architecture and Design y profesor adjunto de la Norwegian University of Science and Technology, publicó en 2002 el artículo On Seeing Design as Redesign. En él analiza con gran lucidez la relación entre diseño y rediseño, y plantea argumentos que considero especialmente valiosos para la práctica profesional.

En el texto, Michl explica que el término rediseño resulta útil para distinguir entre soluciones que una organización ya posee y necesita mejorar, y aquellas que planea desarrollar desde cero, al menos desde su propio punto de vista:

It is useful in all the situations in which designers want to distinguish between solutions that a firm or organisation already has and needs to improve, and those which the organisation plans to acquire and which, from the firm’s point of view, must be developed from scratch.

El diseño como proceso continuo

A lo largo de la historia, la noción de diseño se ha asociado con la creación individual de un producto original, único y acabado, como si no estuviera influido por soluciones, enfoques o visiones anteriores.

Terms that we use in that context, expressions such as to be influenced, to be inspired, to take over a solution, to start out from, to build further on or to steal are used with an apologetic or accusatory undertone, as though they implied a reprehensible lack of independence on the part of the designer.

Sin embargo, como señala Michl, el trabajo de un diseñador comienza casi siempre donde otros diseñadores terminaron, o incluso donde él mismo dejó su trabajo anteriormente. Desde esta perspectiva, un diseño nunca se cierra de forma definitiva ni puede considerarse una solución final. En muchos casos, lo que ofrecemos son soluciones aceptables dentro de un contexto real.

Cada rediseño de un producto complejo integra aportaciones previas y se construye sobre soluciones existentes. El resultado es necesariamente colectivo, evolutivo y cooperativo, aunque a menudo tendamos a olvidarlo.

El verdadero problema surge cuando concebimos el diseño como una creación individual, aislada e inmutable, asociada a una autoría única o a un proceso creativo supuestamente original. En realidad, cada vez que diseñamos estamos rediseñando, y cada vez que rediseñamos incorporamos nuevos significados y nuevas decisiones sobre un legado previo.

Diseñar es continuar

Probablemente no explicaré todo esto a mi cliente, pero en cierto modo tenía razón. Quería un diseño nuevo, y eso es exactamente lo que voy a ofrecerle, apoyándome en el trabajo de quienes crearon el producto que existe hoy. Gracias a esos diseñadores, a los colegas de profesión que comparten su trabajo y a la historia acumulada de la disciplina, es posible construir soluciones mejores.

También es gracias a la facilidad con la que hoy podemos acceder a textos como el de Jan Michl, a reflexiones que cuestionan supuestos básicos de la educación en diseño y nos recuerdan que crear no significa empezar desde cero, sino saber continuar con criterio. Ese criterio también se construye con el aprendizaje a partir del error.

Nota final

Este artículo contiene dos licencias narrativas importantes. La primera es que la frase “porque confiamos en tu criterio” no fue pronunciada literalmente, aunque sí se hizo evidente en conversaciones posteriores. La segunda es que el artículo de Michl ya lo conocía antes de la anécdota. La historia necesitaba un punto de partida y un conflicto, y ambos han sido convenientemente construidos para dar forma a esta reflexión.