Dos ejemplos históricos de diseño centrado en el usuario
Antes de la UX moderna ya había diseño centrado en personas. Dos casos históricos muestran cómo se aplicaba con visión, detalle y negocio en acción.
La adecuación del diseño a las necesidades, intereses y capacidades de las personas se ha convertido en uno de los principales objetivos de productos y servicios digitales en las últimas décadas. Hoy hablamos con naturalidad de experiencia de usuario, usabilidad o diseño centrado en el usuario como si fueran conceptos inseparables de Internet o de la tecnología contemporánea.
Sin embargo, esta forma de pensar no es nueva.
Partiendo de la idea, planteada por Robert Hoekman Jr., de que una aplicación no es un fin en sí misma, sino un medio y en ocasiones un obstáculo entre las personas y sus objetivos, resulta lógico que gran parte del esfuerzo en diseño esté orientado a eliminar fricciones y facilitar el logro de dichos objetivos.
Lo interesante es que este enfoque existía mucho antes de que tuviéramos palabras para describirlo.
A continuación se presentan dos ejemplos históricos que demuestran que pensar primero en las personas ha sido, desde hace más de un siglo, una estrategia eficaz para crear valor.
1. Irving Thalberg y el cine pensado para el público
Hay un ejemplo especialmente revelador en la década de 1920, cuando conceptos como experiencia de usuario o diseño centrado en el usuario ni siquiera existían.
Irving Thalberg, productor cinematográfico estadounidense, introdujo una práctica innovadora para la época. Proyectar las películas a audiencias concretas antes de su estreno oficial. El objetivo no era validar una visión artística cerrada, sino observar cómo reaccionaba el público real y ajustar el producto en consecuencia.
Esta forma de trabajar marcó su etapa primero en Universal Pictures y, posteriormente, en Metro Goldwyn Mayer, estudio creado cuando Thalberg fue contratado por Louis B. Mayer. Su gestión se caracterizó por ser eficaz y, además, sorprendentemente eficiente desde el punto de vista económico.
Thalberg estuvo detrás del éxito de películas como The Big Parade, The Hunchback of Notre Dame, Mutiny on the Bounty o The Broadway Melody, el primer gran musical de la historia del cine.
Su figura fue, no obstante, controvertida. Su particular equilibrio entre autoridad y modestia le llevó a tomar decisiones que no siempre fueron bien recibidas y fue criticado por consolidar la primacía del productor sobre el director.
Aun así, su impacto fue tan relevante que la Academia de Hollywood creó un premio especial con su nombre para reconocer su contribución a la industria. Su forma de entender la producción permitió que estos profesionales fueran valorados por su originalidad, inventiva y buen hacer más que por el dinero invertido.
Más allá del debate creativo, su enfoque dejó una lección clara. Escuchar al público antes de lanzar un producto no debilita la visión, la hace más sólida.
Escuchar al público antes de lanzar un producto no debilita la visión, la hace más sólida.
2. George Eastman y la fotografía como experiencia
Un ejemplo aún anterior lo encontramos en George Eastman, fundador de Kodak e inventor del rollo de película fotográfica.
En 1888, Eastman presentó la cámara Kodak 100 acompañada de un mensaje tan simple como poderoso. You press the button, we do the rest. Usted aprieta el botón, nosotros hacemos el resto.
Con esta propuesta no solo introdujo un producto, sino una nueva forma de entender la fotografía. Eastman eliminó la complejidad técnica del proceso y transformó un objeto especializado en una experiencia accesible para cualquier persona.
De este modo convirtió la fotografía en un servicio continuo y no en un acto puntual, sentando las bases de un modelo que perduraría durante décadas. Su innovación no residía únicamente en la tecnología, sino en haber comprendido que el verdadero valor estaba en la experiencia del usuario y no en el artefacto.
Como señalaría mucho más tarde Daniel Gilbert, y recogería también Kevin Kelly, Eastman logró algo fundamental. Invertir en una experiencia que generaba satisfacción más que en un producto en sí mismo.
Dos historias, una misma idea
Estos dos ejemplos, separados por contextos y disciplinas muy distintas, comparten una misma intuición. El éxito no proviene de imponer soluciones, sino de comprender a las personas para las que se diseñan.
Mucho antes de que habláramos de UX, de investigación de usuarios o de diseño centrado en el usuario, ya existían profesionales capaces de anticipar que poner a las personas en el centro no solo mejora los productos, sino que construye empresas más sostenibles y relevantes en el tiempo.
La tecnología ha cambiado. La idea fundamental, no tanto.