Soluciones de diseño aceptables
En diseño no siempre hay solución perfecta. Lo importante es decidir bien dentro de restricciones, objetivos y contexto para ofrecer valor suficiente.
Reconocer los problemas y prestarles la atención adecuada es, en sí mismo, un reto que no siempre conseguimos superar. Nuestras capacidades intelectuales y operativas son limitadas y, con frecuencia, insuficientes para gestionar la complejidad del entorno en el que trabajamos.
Como consecuencia, la toma de decisiones se ve condicionada por la imposibilidad de disponer de toda la información relevante, por los cambios constantes en las situaciones y los contextos, y también por nuestra forma particular de percibir la realidad.
En el diseño de productos digitales interactivos nos enfrentamos a problemas complejos que dificultan la existencia de respuestas únicas, elecciones perfectas o soluciones óptimas. La realidad del diseño rara vez permite ese tipo de certezas.
Ante la imposibilidad de diseñar, analizar y evaluar todas las alternativas posibles, las soluciones a las que llegamos suelen ser aceptables. Son soluciones que generan el valor esperado y que cubren las necesidades principales dentro de unas condiciones concretas.
De lo óptimo a lo aceptable
Alcanzar una solución aceptable implica formular correctamente el problema, explorar el espacio de posibilidades, cuestionar nuestras propias suposiciones, escuchar a las personas implicadas y, en muchos casos, saber elegir el momento adecuado para tomar una decisión. No es un proceso sencillo ni automático.
Obsesionarse con encontrar la solución óptima puede convertirse, paradójicamente, en un obstáculo. Esa búsqueda constante de perfección puede impedirnos llegar a la solución aceptable, que es la que inevitablemente tendremos que ofrecer cuando los recursos, el tiempo o la paciencia se agotan.
Entender el diseño como un proceso de toma de decisiones bajo restricciones no significa renunciar a la calidad, sino aceptar la realidad en la que se construyen productos y experiencias. En muchos casos, diseñar bien consiste precisamente en saber cuándo una solución es suficientemente buena, una idea muy cercana a entender el diseño como proceso continuo.